
Existen ciertos actores o directores que, para el público en general y la crítica especializada (especialmente estadounidense) como para los distintos festivales y entregas de premios, son intocables y se ubican en un grado de divinidad máxima. Ejemplos de realizadores, podrían ser Steven Spielberg, Clint Eastwood y Woody Allen. Algo habrán hecho para ubicarse en ese lugar de privilegio y que la gran mayoría de sus trabajos sean victoreados. No obstante y a pesar de la lluvia de elogios que reciben, buena parte de su trabajo me resulta cuestionable. Hoy me focalizaré en Allan Stewart Königsberg y en Annie Hall (Dos extraños amantes); uno de sus primeros largometrajes y, probablemente, el más importante.